Ir al contenido principal

Restaurante Txulotxo

Entorno

El Restaurante Txulotxo, se encuentra en Pasajes de San Juan, conocido en euskera como Pasai Donibane. Esta encantadora población costera y portuaria forma parte de la Bahía de Pasajes. En sus orígenes, era una humilde aldea de pescadores y pilotos marinos. Su nombre proviene de su iglesia parroquial, y su constitución como municipio independiente es relativamente reciente, datando de 1805.

Los habitantes de Pasajes son conocidos como pasaitarras, un gentilicio que combina el nombre vasco del municipio, Pasai(a), con el sufijo -(t)arra, utilizado en euskera para crear gentilicios. Sin embargo, los vecinos de Pasajes de San Juan son popularmente llamados «sanjuandarras».

Pasajes de San Juan se sitúa en la parte oriental de la entrada del puerto, en la ladera del monte Jaizquíbel.

En 1794, durante la Guerra de la Convención, Pasajes fue ocupada por las tropas francesas, lo que provocó la huida de sus habitantes. No obstante, la aldea de San Juan no fue incendiada, conservando así su patrimonio intacto.

Destaca su calle empedrada, que la atraviesa desde su entrada por la zona más cercana a Lezo hasta la parte conocida como «puntas», y que discurre entre las aguas de la entrada del puerto y el monte.

Entre sus edificaciones, destacan algunas de gran valor histórico. Entre sus personajes ilustres se encuentran el poeta Víctor Hugo, quien se alojó en una de sus casas, ahora convertida en museo, y el general francés La Fayette, quien partió de su puerto en 1.777 para participar en la lucha por la independencia de Estados Unidos.

Qué podemos visitar

Iglesia de San Juan Bautista

Inaugurada para el culto en 1643, la Iglesia de San Juan Bautista se erige con una fachada austera, de carácter mixto entre el neoclásico y el barroco. En su hornacina, un San Juan Bautista de semblante serio, obra del escultor francés Juan de Lane, nos observa desde 1731. La bóveda, construida hacia el año 1700, añade un toque de majestuosidad al templo.

El altar mayor, con su retablo erigido en 1708, alberga en su centro una hermosa imagen de San Juan Bautista, esculpida por Felipe Arizmendi de San Sebastián. A ambos lados, las tallas de San Pedro y San Pablo, también de Arizmendi, flanquean la figura central, otorgando un aire solemne al conjunto.

Al elevar la mirada, se descubre un cuadro que representa la Visitación de Nuestra Señora, obra del pintor bilbaíno A. Cuadra, que añade un toque celestial al templo. Entre los altares laterales, destaca el de Nuestra Señora del Rosario, con dos bellas imágenes policromadas de San Joaquín y Santa Ana que enmarcan la figura central, irradiando serenidad y devoción.

Palacio Villaviciosa

En el tercer arco, una modesta hornacina alberga una imagen de Cristo crucificado. Se dice que esta es la misma imagen que veneraba el célebre Almirante Laya, quien contrajo matrimonio con una hija de Pasai Donibane. La figura, con su serena expresión de sacrificio, parece susurrar historias de devoción y amor eterno.

Al salir del umbrío arco, la luz del día nos revela dos monumentos que se alzan en la placita, conocida desde tiempos antiguos como la Plaza de la Piedad. Estos monumentos, guardianes silenciosos de la historia, evocan un sentido de reverencia y respeto, invitando a los visitantes a detenerse y reflexionar.

La Plaza de la Piedad, con su atmósfera tranquila y sus monumentos cargados de significado, se convierte en un santuario de paz en medio del bullicio cotidiano. Aquí, cada piedra y cada escultura cuentan una historia, tejiendo un tapiz de memorias que perduran a través del tiempo.

Casa de los Miranda

Al avanzar por la calle hacia la plaza, tras cruzar el segundo arco-túnel, se alza majestuosa la Casa de los Miranda. Este edificio renacentista del siglo XVI deslumbra con su magnífica fachada principal.

En la planta baja, ahora en parte destinada a Hogar de Jubilados, una puerta central se abre flanqueada por dos columnas semiempotradas en el muro, coronadas por dos escudos. En el escudo de la derecha, dos leones se enfrentan, uno de ellos con un enigma en la boca, difícil de descifrar. El otro escudo, borroso e indescifrable, guarda sus secretos en el tiempo.

Este edificio, testigo de épocas pasadas, invita a imaginar historias de antaño, susurradas por las piedras y los símbolos que adornan su fachada.

Casa de Víctor Hugo

En el lado derecho del majestuoso edificio de los Miranda, una puerta discreta se abre a un mundo de historia y literatura. Es aquí donde el célebre escritor del Romanticismo francés, Víctor Hugo, encontró refugio durante unos días, embelesado por la belleza y el encanto de este rincón. Sus escritos, llenos de alabanzas, reflejan el amor y la admiración que sintió por este lugar.

La estancia de Víctor Hugo en esta casa dejó una huella imborrable, transformando el edificio en un santuario literario. Cada rincón de la casa parece susurrar las palabras del gran escritor, envolviendo a los visitantes en una atmósfera de inspiración y nostalgia. La presencia de Víctor Hugo se siente en cada pared, en cada ventana que mira hacia el paisaje que tanto lo cautivó.

Por esta razón, este edificio es conocido como la «Casa de Víctor Hugo», un homenaje eterno a su paso por este lugar. Aquí, la historia y la literatura se entrelazan, creando un espacio donde el pasado y el presente coexisten en perfecta armonía, invitando a todos a descubrir la magia que una vez cautivó al gran maestro del Romanticismo.

Ermita de Santa Ana

Unos pasos más allá, en esa encantadora placita, tenemos la oportunidad de ascender por las escaleras que se alzan frente a los ojos. Estas escaleras te guiarán a un hermoso paseo, un sendero que serpentea hasta una pequeña ermita, erigida en lo alto, desde donde se domina toda la bahía con una vista majestuosa.

Esta ermita, dedicada a Santa Ana, la Madre de la Virgen, es un refugio de paz y devoción. La imagen policromada de la santa, traída desde Holanda en el siglo XVI, añade un toque de historia y arte a este lugar sagrado. Cada detalle de la imagen refleja la devoción y el esmero con que fue creada, invitando a los visitantes a una contemplación serena.

Al llegar a la ermita, el aire se llena de una calma reverente, y el paisaje que se despliega ante tus ojos parece susurrar historias de fe y esperanza. Este rincón sagrado, elevado sobre la bahía, ofrece no solo una vista impresionante, sino también un espacio para la reflexión y el recogimiento espiritual.

Humilladero

Este humilladero, obra del siglo XVI, se erige como un testimonio de estilo popular y manierista. Un frondoso laurel lo cobija, creando un refugio sagrado donde el tiempo parece detenerse. La sombra del laurel invita a la contemplación y al recogimiento, envolviendo el lugar en una atmósfera de paz y reverencia.

En su interior, una inscripción grabada narra una historia de gratitud y devoción. «En acción de gracias por la victoria alcanzada y en cumplimiento del voto hecho a Dios y a la Bienaventurada Virgen María en la era de 814, cuando fuimos a Orreaga y puerto de Pirineo que ahora se llama Roncesvalles, a pelear contra el ejército de Carlos Magno rey de los franceses, con nuestro pueblo de Vasconia, por sí mismo y por sus compañeros de Pasajes, vencedores. Juanes de Ubilla me hizo». Estas palabras, esculpidas en piedra, resuenan con la fuerza de la historia y la fe.

El humilladero, con su laurel protector y su inscripción venerable, se convierte en un santuario de memoria y espiritualidad. Aquí, cada visitante puede sentir la conexión con el pasado, la gratitud por las victorias alcanzadas y la devoción que ha perdurado a lo largo de los siglos.